Con esta enfermedad ya sabemos que un día estamos “bien” y
otro “mal”; y si los pongo en una
balanza, quizás no se incline más a un lado que a otro, pero en ambas opciones
no nos queda más remedio que acomodarnos a la situación.
“ Yo me quejaba de no
tener zapatos,
hasta que me encontré con alguien
que no tenía pies…
Ese día, en el que puedes ver y darte cuenta de la desgracia
de los demás…
que es incluso, mayor que la tuya propia,
que no todo se reduce a ti, que hay problemas peores…
ahí es cuando empiezas a saber lo que es la EMPATÍA…
Suena mal decirlo, pero, te alegras de no estar como ellos,
das las gracias de estar un poquito mejor, dentro de lo que
cabe…
y te planteas vivir el día a día como si fuera el último,
empiezas a plantearte la vida de otro modo, procurando
disfrutar
todo el tiempo posible, saboreando cada momento…
para que, cuando la EM te lo haga amargo, no haber desperdiciado
ese sabor,
ese sabor llamado VIDA, ese sabor tan dulce como es el de
VIVIR que,
una vez que se va… ya nunca más volverá a ser igual.
Tengo muy claro, después de 2 años y 8 meses de diagnóstico
que,
si no aprovecho cada instante que tengo “bien”,
me arrepentiré seguro, cuando tenga que degustar el sabor
agridulce…
que tarde o temprano me regalará esta maldita enfermedad.
Por lo tanto, no quiero perder el tiempo pensando en cuándo
llegará…
y luego, seguir perdiéndolo cuando ya no me quede otra que
acatarlo,
y mi cuerpo diga: “ya no puedo más, Jessy, hasta aquí hemos
llegado…”
por ello, VIVIRÉ, LUCHARÉ, DISFRUTARÉ, LLORARÉ y me REIRÉ…
hasta que solamente,
me quede por recordar, aquellos momentos que… VIVÍ”





